Sobre mi.

No hay nada de particular en ello, excepto porque.... según mi abuela nací tres veces. 
Yo no lo recuerdo, ni me lo imagino. La primera fue placida, en Enero, los brazos de mi madre en la habitación del hospital. Al poco, diría yo que al invierno siguiente, una pulmonía me atrapo en el tren, camino del sur, la tierra materna. Ella pensó que me perdía, me apretaba con fuerza en la estación de Linares, mientras la familia buscaba un doctor... lo encontraron y dicen, que me devolvió el color.
No acabo ahí. Otro invierno, vivíamos en Las Planas, detrás del Tibidabo, la espalda verde de Barcelona, cuando la gran nevada. Era una casa de aquellas que se hacían entonces los inmigrantes al llegar si tenían suerte, suerte es llamarlo casa. Decía yo la gran nevada, o así me lo contaron. Mi abuela, que sonreía al ver caer los primeros copos blancos, tentada de jugar con la nieve a su edad, elemento extraño para ella que llego del sur. Le pareció al poco que caía en exceso, mis padres estaban en la ciudad y la pequeña estufa de pequeña bombona azul no prometía excederse en calentar la casa, supongo que me dio por llorar, lo cual la puso mas atenta. La nieve seguía cayendo y el precioso manto blanco empezaba a subir la escalera. Había que tomar una decisión. Olvídense ustedes de coches, teléfonos y demás zarandajas propias de la comunicación de ahora. Me cogió en brazos tras abrigarme con una manta y se dirigió con paso firme a casa de la vecina mas próxima, esta se encontraba en las mismas condiciones... y asustada, así que metieron unos chuzos de pan y algo de comer en un atillo hecho con la toquilla y tomaron camino de Vallvidrera sin pensarlo dos veces.
Caminaban por la vía del tren, que era el único sendero despejado de nieve de momento, se ve que estaba previsto que cayera, allí encontraron mas gentes que ante la debilidad de sus casas había tomado la misma decisión.

                                      

****

La abuela caminaba tiesa y concentrada en mantenerme abrigado, amén de no perder de vista los raíles del tren con la esperanza que aún con la oscuridad delegada por la tormenta, condujeran a algún lugar seguro. Iba delante y los demás parecían seguirla con dificultad, ella se conducía de puro nervio, así siempre.
Por dentro renegaba, que coño hacía ella perdida entre montañas que no conocía. En realidad fue la primera en emigrar, y bien que le dolió, dejar a los niños al cuidado de si mismos. Los niños fueron llegando tras su estela, con mas o menos suerte se establecieron en esta tierra y aquí se quedarían todos hasta verla marchar y después... marcharse ellos.
¿Has oído alguna vez un tren llegar a tu espalda?. El ruido cuando pasan a tu lado es estruendoso, pero prueba a oírlo llegar. Suena como un silbido, casi imperceptible, hasta que ya está aquí... y pasa entonces si,  como si todas las traviesas del mundo repicaran a la vez, ¿pero antes?. 
Antes, alguien intuyo una luz en la sombra. Y aunque nadie creía que con ese tiempo fuera a pasar un tren, se aparto por si acaso. Aviso por si acaso al de delante... y así todos se iban haciendo a un lado, para cuando el aviso llego hasta la vecina que intentaba seguir a la abuela sin conseguirlo del todo, el silbido premonitorio ya se oía. La vecina se aparto y grito y volvió a gritar con el alma, mientras la sombra que le precedía continuaba impetuosa su marcha, el tren paso a su lado apagando su voz... y casi su aliento... dos segundos lentos, tan lentos... Y entonces contaba mi abuela que vio a mi tía que venia de frente, agitando los brazos despavorida... que pensó que era de la alegría de encontrarlos, que donde va esa loca, que levanto un brazo  para tranquilizarla, mientras mi tía, la que siempre tuvo el pelo blanco, continuaba moviendo los suyos cual si el espíritu de San Vito la hubiera poseído. Entonces, contaba...que sintió de golpe como alguien la empujaba, ella resistió a caerse y aún la empujaron mas fuerte, hasta dar de bruces ella y yo sobre la nieve... y el tren, paso entonces como si mil traviesas repicaran.
Mañana continuo.


****

Mi abuela levanto la cabeza cana de nieve y aún, atónita, pudo contemplar como el tren se alejaba entre bufidos. Yo en el suelo berreaba con todas mis fuerzas, lo que consiguió girarla y acogerme de nuevo entre sus brazos, mientras me registraba el cuerpo en busca de algún daño que no se produjo, la registraban a ella los demás en busca de dolores que no aparecieron. !Queréis dejarme ya¡...grito. El corro que se había formado alrededor nuestro se callo al unisono, para estallar después en carcajadas y abrazos, los unos a los otros, los otros a los unos, como si todos se hubiesen salvado mutuamente.
Me recogió entonces mi tía con menos mimos, para dejar así que su madre reponiera fuerzas, alguien le paso el agua del carmen, bebida milagrosa que lo sanaba todo. Tras darle un trago sonoro miro a su alrededor y pregunto.
- ¿Quien ha sido?.
- ¿El que?. 
- ¿Que quien coño me ha empujado?, nos ha salvado la vida.
Hay su voz se hizo frágil, cosa extraña.
- Andabas sola delante. Nadie te empujó, te vimos saltar a tiempo.
- Entonces... bueno, algún alma caritativa debe correr por aquí.
La noche se andaba haciendo fuerte, pero la tormenta parecía ofrendar un momento de tregua, se abrió un claro y apareció la luna, minúscula y muy cerca de ella, una estrella compitiendo ese día con su brillo. Alguien dijo que era Venus.
Todos andaban ya poniéndose de nuevo en marcha, el pueblo estaba ya al otro lado del túnel, el tren que había pasado era ya el último, así que entraron precavidos pero sin miedo, murmurando el suceso del misterioso empujón.

Ya en el apeadero, cerca del pantano, nos dieron cobijo a todos en una casa grande, de las de antes con una enorme chimenea de la que brotaba el calor perdido.
Antes de entrar, la abuela se paro en la puerta mirando ese cielo oscuro donde se escondían ya la luna y venus. Sonrió y me miró, de eso si que me acuerdo. De eso... y de que nací en invierno.




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