Historias de un particular, borrador inacabado

Cada día, sus pasos conducían inexorablemente hacía el mismo lugar mientras su mente vagaba por otros espacios, sus zapatos estiraban de él sin tensar la correa pero firmes y decididos. No es que odiara su destino, pero farfullaba alto de su hastío, le contaba a todo el que quisiera oírlo que algún día lo dejaría. Luego a la vuelta, con el descanso merecido a sus pies, lo olvidaba... y así días... meses... años. No entendía que le hacía volver, siempre repetidamente al mismo esquema diario. En sus pequeñas escapadas, descubrió el frío y hasta paso un ratito de hambre y volvía. No era un salto pequeño, era un gran salto, un salto a un espacio vacío que tendría que volver a llenar, cercita del fuego, la mandra le invadía y se dejaba llevar.
De repente un día como otro, me hablo de ti.


Me dijo que....

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Era una mañana de septiembre, ya sabes, ni frió ni calor. Lunes, mi día festivo junto con el Domingo, pero en la fiesta de todos prefería quedarme en casa con mis libros, los lunes aprovechaba la ausencia de multitudes y niños y me escapaba a descubrir algún rincón cercano. Aquel día no me apetecía investigar, así que cogí el coche y me dirigí al Montseny, en su falda mirando a Girona, hay un pueblo sin centro, casas diseminadas agrupadas por el mismo nombre, bueno, miento, hay una Ermita que todos llaman Abadía, por un rector que vivió en ella durante cincuenta años al que llamaban Abad de Abades, que cuentan que daba las misas en catalán en tiempos de Franco y que recibió por allí hasta a la madre Teresa. En fin, tiene un banco donde me siento a comer algo cuando llego para no entretenerme luego.
Cogí el camino de siempre, delante de la Ermita y dirigí mis pasos hacia el rumor de la riera que parece que te va encontrando, un pequeño puente de madera te invita a cruzarla, pero no puedes evitar pararte a observar el canto de esas aguas cristalinas y recién nacidas. Nada mas pasar, el bosque te llena con su presencia y empiezas a olvidar tu día a día. Me entretuve como siempre con mil insectos, Caballitos del diablo con su vestido de azul eléctrico y su danza me abstraían, no puedo evitar pararme a contemplarlos, me siento cual vecina en vida ajena, un amigo me animo a fotografiarlos, pero prefiero mirarlos, ademas, ya tengo bastante con mis libros. También las mariposas....

  
 Continué por el camino que va cerca del agua....

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El camino transcurre jugando con la riera, ahora me acerco, ahora me alejo. Los Castaños centenarios con sus grandes oquedades parecen vigilarte, me abrazo a ellos no sin cierto temor, es una costumbre, te dejan una sensación como de energía recuperada. Mas adelante la humedad del lugar se hace evidente, el camino se estrecha y se encharca, ya no puedes evitar mojarte los pies, a la izquierda el murmullo de una fuente casi de apariencia prehistórica si no fuera por un vaso perenne que cuelga de una rama, siempre esta ahí, lo lavas, bebes y prosigues, ahí no puedes pararte a observar los insectos, están en su reíno y son demasiados hasta para mi. De pronto llego al primer obstáculo, hay que cruzarla, me quedo embobado con el color rojo del agua, en realidad el lecho y las rocas le dan esa apariencia de rojo recién lavado, junto con el sonoro ruido de los continuos saltos de agua y unas paredes cada vez mas altas y mas cerradas, si quedaba algo de mi vida anterior siempre parece esfumarse.

Tras una leve subida entre rocas llego a una cascada como de ramo de novia, ancho y perfecto en su caída. Para mi sorpresa una pareja disfruta tranquila del lugar, sentados desnudos al borde del agua, de espaldas a mi, casi ni se percatan de mi presencia o simplemente me ignoran.
Se que en verano algunos grupos acampan por aquí y practican el nudismo, pero no esperaba encontrarme a nadie en Septiembre, aunque la temperatura es agradable.
Un nuevo desnivel y me alejo raudo con cierta timidez, ahora me parece oír unas risas, son niños creo, mas arriba hay un salto precioso, pero para verlo tienes que desviarte unos metros y las risas parecen provenir de allí, no obstante me acerco, no quiero perderme ese espectáculo, al girar tras pasar un pequeño repecho mis ojos se detienen en su espalda, sentada al borde de la cascada no puedo evitar abstraerme  y admirarla, ella no me ha visto todavía, las risas...dos niños corriendo..se gira... y me sonríe como si supiera que estaba ahí, saludo me giro y camino deprisa, hay algo en su mirada que recuerdo, pero estoy aturdido y un poquito avergonzado, así que me alejo.


¿ Has oído hablar de las mujeres de agua?.

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Azorado todavía por la visión de su sonrisa conseguí llegar a la ultima cascada, quizá la mas oscura, no había nadie allí, aunque eso era lo normal. Me senté a descansar y contemplar ese salto oscuro pero hipnotizante, me vino a la memoria entonces una leyenda que corre por allí.


Cuentan que el heredero de una masía cercana acostumbraba a pasear por el lugar, una tarde al llegar a este punto, pudo ver claramente a una mujer sumergirse en el agua y desaparecer: quedo fascinado por esa presencia y repitió camino todas las tardes con la esperanza de volver a verla cosa que ocurrió varias veces, poco a poco cogía confianza, se acercaba mas. Por fin un día entablo una tímida conversación con la extraña aparición y así cada día un poco más. Supo de su condición de mujer de agua, de que no podría alejarse de allí a no ser que enamorada el se lo pidiera, pero que si esto llegaba a pasar, él nunca debería recordarle su condición.
El se lo pidió, claro, y ella acepto. Vivieron juntos unos años en la Masía, felices casi, hasta que un día acabándose el verano él había marchado a la ciudad, por la tarde presintiendo el agua, ella mando recoger una cosecha todavía temprana. Cuando regreso y vio como había tomado el mando enfureció y le recordó quien era...aquella noche desapareció y nunca volvió a verla, en la lejanía de la riera podía oírla cantar, pero en cuanto se acercaba, el silencio volvía a sonar.
Poco después de desaparecer, una gran tormenta barrio las cosechas de los campos cercanos, todas menos la suya que ella había pedido recoger.
Mas tranquilo en apariencia emprendí el camino de bajada, pero decidí hacerlo por el bosque paralelo a la riera que dejaba mas allá mis últimos encuentros, iba deprisa, poseído por una extraña sensación de felicidad pasajera.


Quizá demasiado de prisa, la pendiente en ese lado y las hojas caídas de anteriores otoños me hicieron resbalar un par de veces, si paraba oía sus risas al fondo, o estaban ya en mi cabeza sin poder ni querer evitarlo, una ardilla parecía seguirme entre las ramas, acelere de nuevo y llegue abajo enseguida, pero no pude evitar caer de bruces sobre un gran charco, al levantar la cabeza para quitarme el barro de los ojos, Un gran Castaño me observaba, sus hojas habían caído prematuras como por el efecto de una gran susto.


Llegue por fin al coche, eran cerca de las dos, todavía estaba a tiempo de una buena comida en el pueblo mas cercano. Luego un paseo por sus tiendas donde la cerámica era la reína. Ummmh¡, buena comida y tradición, creo que le vendrá bien a mi espíritu....y a mi estómago.

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En una de las curvas que me llevan hacía Breda, el pueblo del que os hablaba, queda a la vista sobre una colina el Castillo de Montsoríu, también poseedor de leyendas e historias como la de la Dama de rojo que huye las noches de San Juan con el caballero negro a lomos de un corcel de fuego, y la de Doña Guilleuma, pecadora abandonada en sus ruinas desde las que con sus gritos era capaz de destrozar cosechas y a la que urgido por los campesinos exorcizó el obispo, obligándola a saltar desde desde el castillo hasta el Gorg negre, - especie de cascada sin fondo - de la riera donde yo había descansado esta mañana después de mi amable encuentro.


No puedo evitar preguntarme por la relación que pueda haber entre mi mujer de agua, el fuego y la pobre loca que acabo en las profundidades negras de la riera. Recuerdo que guardo en casa, en mi incoherente y extraña librería, algunos manuscritos que hablan sobre los vizcondes de Cabrera que tuvieron su residencia en esa Atalaya y fueron ademas fundadores del Monasterio de Breda hacia donde me dirigía.
Con la idea de consultarlo cundo regresara, parecía olvidarme ya de mi aventura de la mañana, presente aún en alguna mancha de barro que no conseguía borrar. Me encontré sin esperarlo conduciendo por las estrechas calles del pueblo, había girado a la derecha desde la carretera donde se acumulan cacharros artesanales de la cerámica tradicional de Breda, sobretodo cacerolas, cocotes, vasos y multitud de objetos relacionados con la cocina  y ni siquiera me di cuenta.
Aparque a la izquierda del Monasterio, al bajar no pude evitar mirar hacía arriba, hacía la impresionante torre románica de cinco pisos y 32m de altura, el resto del edificio se encuentra encerrado entre callejuelas estrechas, la torre es casi el único vestigio que resta de la planta original.

Cogí el macuto que me acompaña en estas excursiones y me fui en busca de algún menú que no defraudara en exceso el ruido de mi estomago, es fácil, en estos pueblos se suele comer bien hasta si eliges el menú. No muy lejos de la Iglesia encontré un bar pequeño pero acogedor, al fondo la mastresa se afanaba con una gran cacerola sobre un pequeño fogón, cogí un periódico que había libre y me senté de espaldas a la tele, mirando la calle, que siempre me ha entretenido mas.
Por los doce euros que valía me dejaron comer dos primeros, una sopa casera que a pesar del buen tiempo apetecía y un exquisito platillo de cordero, la cerveza y el sempiterno flan. Mi estomago reposaba agradecido mientras yo saboreaba el café.
Detrás de humo del cigarro veía pasar deprisa poca gente, era día laborable para casi todos, pasaron entonces dos niños corriendo detrás de una pareja y entonces entró en el bar, el vestido de gasa muy suelto de tonos naranjas, la espalda de nuevo mientras le pedía al camarero cambio para tabaco y de nuevo esa sonrisa fácil y envolvente al pasar delante de mi para salir.. de nuevo.
Me quede un momento con la mente en ningún sitio para salir después rápido a la calle, tras dejar mis doce euros en la mesa, no había nadie, nadie que yo quisiera encontrar. Me dirigí por la calle de enfrente hacía la parte de atrás del monasterio con sus callejones, allí ya no había nadie de ningún tipo, mucho silencio que se rompió con las voces de un chaval gritándome desde la entrada y balanceando un macuto, pensé quien querría robarme a estas horas en este lugar tranquilo, malpensado. El chaval llego corriendo hasta mi, era el hijo de la mastresa del bar, tan solo venía con la intención de devolverme el macuto que me había dejado colgado en la silla con mis prisas, malas compañeras, no me dio tiempo de darle las gracias y ya desaparecía por el otro extremo.

 
Oí unas risas de niños al fondo, mi corazón se aceleró sin tener una noción clara del porque y mis pies lo secundaron de improvisto poniéndose rápidamente en movimiento...

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Andaba azorado con mi extraña prisa, detrás de unas risas que creí reconocer, le eche un ultimo vistazo a una de las cristaleras sin detenerme, la idea de un paseo tranquilo por Breda y su cerámica se había desvanecido. Gire a la izquierda por la calle de la entrada y pude verlos subiendo en el coche aparcado justo al lado del mio, mientras me acercaba los vi marchar carretera abajo.
Al poner la llave para abrir la puerta, decidí tomarme dos minutos de repaso a lo que estaba haciendo, ridículo... Conducía ya por la misma carretera, demasiado deprisa otra vez, al llegar a la rotonda los vi girar a la derecha, en sentido contrario al que yo debería dirigirme... gire a la derecha y así nuevamente camino de Gualba, un pueblecito minúsculo y sin salida posible, desaceleré, mas despacio, por allí no podía perderlos.
Cruzaron el pueblo y giraron a la izquierda, riera abajo por el camino del cementerio. Decidí dejar el mio al lado de las escuelas y cruzar por un camino que llegaba por detrás hasta una casa abandonada junto al puente de la riera, no había salida mas allá de una ermita a un kilómetro. Al asomarme los vi parados al lado del puente, cuchicheaban, lo que me pareció curioso, por allí no había nadie que pudiera oírlos, los niños parecían dormir en el vehículo e imagine que sería por eso, después de lo que parecía una dicursión en voz baja entraron por una de las paredes derruidas de la casa.


Había cogido mi cesta de buscador de setas y me pareció buen disfraz para acercarme, eso si, sigiloso hasta la entrada. Cada vez entendía menos lo que estaba haciendo, pero ahí estaba, delante de la casa en ruinas dispuesto a entrar. Me recibió un patio oscuro, la luz entraba por las rendijas de un techo dispuesto a caerse cualquier día. Se oían susurros al fondo y un ruido de cascotes al caer sobre el suelo, mire arriba con desconfianza. Delante mío una abertura oscura en la pared y luego un pasadizo, encima una leyenda.


Tras el umbral, nada vuelve a ser igual. A pesar de lo tosco de las letras no pude evitar un estremecimiento interno. Estaba ya decidiendo que lo mejor que podía hacer era marcharme de allí tranquilamente sin hacer ruido, el pasadizo era muy oscuro y mi disfraz de recogedor de setas quedaría un tanto extraño dentro, creo que ya había cubierto el cupo de tonterías ese día, cuando percibí una sombra dirigiéndose hacía donde yo estaba, me senté en el suelo pegado a la pared, otra tontería, una mano cálida me tapo la boca mientras con el gesto me rogaba silencio. Me tendió un papel arrugado con unas letras y me pidió que me marchara, que ya lo entendería, entender que le dije. Desapareció otra vez por el corredor, otra vez su espalda levemente.
Me levante aturdido pero obediente y decidí dedicarme un atardecer marino cerca de casa, el cielo estaba nublándose pero me merecía ese premio con el que digerir un día tan extraño, mire el papel, escrito estaba lo que parecía un correo electrónico con letras sin nombre reproducible, cada vez entendía menos.
El sol se acababa de poner cuando llegue y me quede admirando el centinela de roca que parecía querer entenderme.


La llave.

La casa estaba ahí pero no había un camino claro, para mas inri, la niebla se hacía cada vez mas espesa , los arboles que me guiaban aparecían y desaparecían como embrujados por el mismo aire. Quería llegar, todo lo que esperaba estaba ahí, adormecidos papeles, inquietantes imágenes, la despensa y el calor de un buen fuego. Era una gran casa, enorme diría yo, no entendía como no podía encontrar un camino claro que me llevara hasta ella, estaba tan cerca.
Decidí atravesar el campo sembrado que tenía frente a mi, la tierra mojada enfangaba mis zapatos, el peso se acumulaba en mis pies después del largo viaje, el olor de la leña quemándose en el hogar me acariciaba la nariz empujándome a dar mas pasos, la claridad del sol se colaba ahora con mas fuerza, dejándome ver la cercana puerta. Por fin estaba delante, la llave, la cerradura... no encajaban, no era ella...rodeé la enorme y acogedora casa y seguí camino por el laberinto hasta perderla de vista. Me senté un momento a descansar, miraba la llave entre mis manos apretándola... ¿Donde me llevaras ahora?.


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Me advirtieron que el camino sería largo, pero no contaron nada sobre esta espesa niebla que empezaba  a enraizarse peligrosamente en mi cerebro, apretaba la llave entre mis manos como si fuera capaz de darme calor, mientras seguía atravesando campos sembrados con la duda de llegar alguna vez a ver el sol.
Tenía la seguridad inconsciente; hay una cerradura para ti, una puerta capaz de abrirme al conocimiento, capaz de llevarme mas allá de estas tierras grises y bellas. Arrastraba mis pies embarrados con ese convencimiento, un paso tras otro, una mirada nueva a ese mapa laberíntico sobre el que había una cruz, un destino que parecía no escrito... quería aprender a leerlo, me sentía capaz a pesar de mis piernas entumecidas por el frio. Pero por hoy era bastante, será mejor encontrar refugio.


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Debería estar descansando tranquilamente en un hostal, pero el pueblo mas cercano esta  veinte kilómetros a mi espalda, ni siquiera dejé allí el coche. Cuando comenzó este viaje tenía claro que caminaría, era la única manera de serle fiel a este extraño mapa que me poseía. Así que aquí estoy, buscando algún lugar donde pasar la noche, perdido en medio de esta tierra húmeda y arisca. Se que no estoy lejos de la civilización, en realidad estoy bastante cerca. Pero por aquí la susodicha parece haber desaparecido. Ya me lo advirtió Sergi, esta cerca, pero parece un laberinto.
Sergi es un tipo tranquilo obsesionado con sus libros. Su trabajo a tiempo parcial en un supermercado de barrio no le reporta grandes beneficios, pero a cambio, dispone de tiempo para leer obsesivamente. Creo que no le importa el tema. Lo mismo da literatura, ciencia, historia, cuentos cortos, poesía.... siempre que sean letras sobre papel, el papel es importante. Disfruta mas leyendo la carta de un restaurante que con la comida posterior... y no exagero.
Últimamente sin embargo andaba distraído con libros medievales, leyendas, mujeres de agua me dijo... es más, creía firmemente haber tenido un encuentro con una de ellas en una de sus salidas lunáticas... de lunes. Los lunes los usa para airear su biblioteca, o su mente según se mire. Me lo contaba en voz baja, como si algo o alguien pudiera oírlo en ese cuarto en permanente penumbra donde pasaba la mayor parte del día, fue entonces cuando me presento su última adquisición, lo sostenía entre las manos con gesto temeroso y lo abrió directamente con ese mismo tono entre el respeto y la admiración que guardaba para sus mas preciados ejemplares... lo abrió decía... hacia la mitad y pude contemplar por primera vez, el mapa que ahora me guiaba, o me perdía. 
Levante la mirada, me llamo la atención una edificación que parecía entreverse a pesar de la niebla. Da igual pensé, cuatro paredes para un buen sueño, espero. No intuía nada mejor, así que dirigí mis pasos hacia ella.


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